MURALLAS DE FUEGO
Al oeste de nuestra provincia, un espectacular camino de cornisa flanqueado por profundos valles y desfiladeros, resguarda colosales paredones al rojo vivo, a lo largo de 10 kilómetros.
Un camino de cornisa que hace pensar en peligro, y la idea de peligro nos remite a un color de advertencia. Rojo, mucho rojo.
Decenas de trapos de ese color se anudan a la vera de la ruta 38, en honor del Gauchito Gil, pero también como preludio de la tonalidad que en un par de kilómetros nos abrazará con su furia habitual. Vamos hacia la Cuesta de Miranda.
Cuesta ubicarse entre las 800 vueltas de la estrecha ruta, mientras avanzamos, tratamos de tener bien presente la recomendación de tocar constantemente la bocina. Avanzamos en paralelo a la precordillera, doblamos hacia la derecha, y se revela la primera sorpresa: Chilecito nos espera con hipnótica presencia. Minutos después, un rojo rayano con el carmesí lo invade todo, es la formación de Los Colorados, que contrasta con el verde -o, si es invierno, el blanco- de otras montañas y un cielo siempre celeste.
Los Colorados están cada vez más cerca, y parece que estamos por chocar contra una pared. Todo brilla bajo el sol, la arcilla semeja las caprichosas formas de una llama que arde intensa.
Es difícil no ser atrapado por la fascinación, seguir el itinerario planeado. Pero la fuerza de voluntad rinde sus frutos, y el premio es un pequeño descanso para la vista, de la mano del blanco de las nieves eternas de Famatina, un paso más allá de semejante despliegue de tonalidades rojizas.
A nuestro lado pasan en violento desfile los retamos, los chañares, los algarrobos, las estaciones abandonadas del ferrocarril, los lugareños, sus atildadas costumbres, los pueblos de Nonogasta y Vichigasta, esparcidos caprichosamente en el paisaje riojano. Entonces comienzan a verse los cardones y todo se hace cuesta arriba. Comenzamos a bordear el río Miranda, esa cinta de plata que parece trepar hacia el cielo. A su lado, el verde que festeja la bendición de las aguas; un vergel de álamos, sauces y nogales con aromas de jarilla.
Verde y rojo. Cáctus que se multiplican y custodian el serpenteo del Miranda. El asfalto deja su lugar a la arcilla, sólida, tan sólida que no deja extrañar al pavimento. El misterio se hace presente cuando, junto a uno de esos altares a la Difunta Correa que el culto popular construye a la vera de los caminos, un cartel reza: "Si no crees, no subas".
Y precisamente es fe lo que se necesita para no sufrir de vértigo ante precipicios que superan los 200 metros de altura, en un paisaje de un rojo casi infernal. Falta poco para llegar al punto más alto, el mirador "Bordo Atravesado", a 2.020 metros sobre el nivel del mar.
Unos minutos más bastan para encontrarse allí, en la cumbre, frente a una panorámica de esa obra de arte llamada Cuesta de Miranda. A nuestros pies, lo majestuoso de la creación, un auténtico trofeo para quien no se dejó amedrentar por ese laberinto de caminos, por esos fosos sin fondo y por un rojo abrasador.
La contemplación puede extenderse por horas, reparando en cada uno de los detalles de la vista. También se puede seguir camino, rumbo a Villa Unión. O se puede decidir desandar lo marchado, en silencio, un poco por respeto al creador de los paisajes riojanos y otro poco por el desafío de volver con el motor apagado, otra fascinante curiosidad de las tierras llenas de magia.
Datos Utiles
A la Cuesta de Miranda se llega siguiendo la señalización de la ruta 38 hacia Patquía, luego de doblar a la derecha rumbo a Chilecito. Allí, debe tomarse la ruta 40 a Nonogasta. El camino está asfaltado hasta el kilómetro 49, luego se hace de arcilla, pero es perfectamente transitable.
El paseo lleva todo un día, por lo que conviene organizar el almuerzo en Chilecito.