El culto al Señor de la Peña (La Rioja)

EL RITO SAGRADO
 

Cada Viernes Santo la zona de la Costa riojana conocida como Barreal es el melancólico escenario de un ritual religioso cuyos orígenes se remontan por lo menos a dos siglos atrás. Allí, en medio de la soledad absoluta, una gran roca donde se ve claramente el perfil misterioso de una persona es el centro de atracción para una fiesta católica que se mezcla con el paganismo y convoca una multitud de promesantes que encienden millares de velar que arden toda la noche.

El "escenario" no podría ser mejor para una fiesta mística. Al internarnos en el departamento de Arauco la ruta provincial 9 realiza un sinuoso recorrido por los faldeos del Velazco, y tras una lomada aparece un resplandor blanquecino que irradia una extraña luminosidad. De lejos parece una salina formando una perfecta planicie, pero en verdad es tierra resquebrajada que ha quedado en un lugar donde hace miles de años existió una gran laguna. La desolación y la sequedad son absolutas, y en el medio de la nada sobresale una gran roca que alguna vez se desprendió de la montaña y parece cincelada con la forma de un perfil humano. Desde hace por lo menos dos siglos este extraño fenómeno natural ha estimulado la curiosidad de la fe de millares de riojanos, que cada Viernes Santo de Semana Santa se acercan en peregrinaje místico a este paraje solitario conformando una colorida fiesta popular cuyo rasgo principal es el encendido de velas para adorar a una imagen que, fuera de toda duda, no es parte del santoral católico. Esto significa que se trata de un verdadero rito pagano mezclado con una festividad católica.

UN EXTRAÑO SEÑOR
 

El sol cae a plomo desde temprano En el Barreal, y en la lejanía aparece la imagen borrosa del Señor de la Peña. Este gran peñasco de doce metros de alto se desprendió alguna vez del segundo cordón de la Sierra del Velasco. A partir del Viernes Santo una multitud de promesantes llegan desde diferentes puntos de la provincia hasta el pie de la peña para encender velas y cirios. Algunos lo hacen en su coche, otros a caballo y hasta hay quienes llegan a pie. Por la ruta desfilan las caravanas de automóviles, en especial en camiones que llevan una multitud de personas. El culto consiste en velar al "cristo" de piedra durante los días de Semana Santa. El número de velas varía según la promesa. Hay quienes encienden diez, veinte y hasta cuarenta velas al mismo tiempo. Y como resultado, del ambiente emana un olor espeso del humo de las velas que permanecen encendidas todo el día y parte de la noche.

Alrededor de la piedra hay una pirca que fue construida para poner velas, cruces, ofrendas y flores. Esta pared forma un canal que se rebalsa en pocas horas por el cebo derretido, y por el cual fluye una especie de "río" de aceite. Allí se sitúan los promesantes con varios ponchos extendidos para que el viento no apague la lumbre. A veces construyen una pequeña carpa con acolchados y telas, en cuyo interior arden 20 ó 30 cirios. Casi todos llevan unas pequeñas cruces de cañas que pegan a la piedra con la cera derretida.

En una de las paredes del peñasco hay dibujado un crucifijo que casi ya no se ve por la acción del hollín y el humo de las velas. Al atardecer el susurro de los rezos invade el paisaje, otorgándole un ambiente de misterio y tristeza. Entrada la noche, se oyen distintas oraciones y algunos rezan el rosario en grupos y así como otros oficios de la liturgia del Viernes Santo. Alrededor de las doce comienzan a entonar cánticos para recibir el amanecer del Sábado de Gloria.

LAS CARANAVAS
 

El Viernes Santo es el día de mayor concurrencia de promesantes, que desde la mañana llegan en caravanas ininterrumpidas. Algunos regresan el mismo día, pero muchos permanecen toda la noche. Cerca de allí, alrededor de los fogones, un verdadero ejército humano descansa tendido sobre el suelo, al lado de sus caballos.

La multitud que rodea la roca al cuidado de las velas conforma un imponente espectáculo que quiebra la inmensa oscuridad de la noche.

Terminada las promesas, los promesantes descansan y comen. Entre los menús preferidos está la carne asada. Una costumbre que demuestra que la mayoría de los devotos al Señor de la Peña no hace la abstinencia de carne que impone la iglesia católica en los días de Semana Santa.

El enorme desierto está abarrotado de carros con venta de bebidas, comidas rápidas y golosinas en improvisadas tiendas hechas de plástico y chapas. También se ven un sinnúmero de fotógrafos que retratan a los promesantes con el fondo del perfil humano de la piedra.

Con el transcurrir de las horas la multitud se asemeja a un campamento de nómadas en el desierto, y algunos sucumben a los efectos del alcohol. La celebración parece un raconto de imágenes apoteóticas y misteriosas que se mezclan con mística propia. Ante nuestros ojos se dibuja una escena que revela la impronta cultural de los orígenes del pueblo riojano. Es la celebración del Señor de la Peña, una fiesta que amalgama a la perfección la liturgia católica con costumbres primitivas.

LOS ORIGENES
 

Según la tradición de los habitantes de los pueblos Aimogasta, Udpinango y Arauco, se deduce que esta fiesta se remonta a más de dos siglos en el tiempo, y aún hay ancianos que relatan cómo sus abuelos ya habían heredado la costumbre de sus propios ancestros. Es probable que los indígenas adoraran a esta piedra como a un ídolo o un dios. Luego fueron los conquistadores quienes, en su afán de conseguir la sumisión del indio, les hayan hecho aceptar que se trataba de la figura universal de Cristo. Lo cierto es que ya en el siglo pasado se hablaba de La Peña del Barrial.

Este culto prehispánico que carecía de nombre se convirtió en el actual culto al Señor de la Peña. Desde entonces fue tomando elementos de la religión católica, y fue así como este ídolo de piedra o dios pagano se convirtió en la imagen y semejanza de Cristo, rindiéndosele tributo durante las festividades de Semana Santa, y en especial el Viernes Santo (día en que el catolicismo conmemora la muerte de Cristo). En un principio las autoridades eclesiásticas ponían cierto reparo a esta devoción popular que tenía un carácter netamente fetichista o idolátra. Pero la impronta cultural de esta celebración sobrepasó los intentos de la curia por anularla, hasta que tuvo que ser reconocida y aceptada por el obispado a mediados de este siglo.

DATOS UTILES
 

Como llegar: El Señor de la Peña puede ser visitado cualquier día del año, pero el día clave es el Viernes Santo. Desde la ciudad de La Rioja se puede ir por ruta 38 y a unos 30 kilómetros hay una bifurcación donde se debe girar a la izquierda y recorrer 30 kilómetros por la ruta provincial numero 9 hasta llegar la paraje la Puerta donde se debe tomar la ruta provincial 7. A los 12 kilómetros hay un cartel que dice Señor de la Peña. Allí hay que continuar 7 kilómetros más hasta llegar al lugar.

 

 

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